miércoles, 13 de diciembre de 2017

Los otros colores del otoño

 



Rama de peral con fondo de otoño.
Los Otros colores del otoño o porqué la jardinería puede mejorar el espectáculo visual y cromático del otoño.

Siempre me ha gustado el paisaje otoñal. No sé por qué nunca me canso de contemplar los bosques en otoño, especialmente los bosques caducifolios del norte. De alguna manera me producen una sensación de relajación y sosiego similar a la del mar en calma en una playa vacía.  Cuando me inicié en esto de la jardinería siempre sentí una atracción especial por aquellas plantas o arbustos que cambian el color de las hojas en otoño. En realidad, siempre me gustaron más esas plantas por el color de las hojas que por la producción de flores. Ya puse no hace mucho una entrada sobre los arces japoneses, que de alguna manera marcan el culmen de la coloración otoñal, pero unas semanas después, desaparecidas esas hojas, son los arbustos los que mantienen ese cromatismo durante más tiempo: Weigelas, lagestroemias, parrotia, berberis, viburnum, espireas, etc. compiten en dorados y ocres bajo la luz cenital, especialmente en las mañanas frías de escarcha. Quedan también las hojas de las plantas perennes: nandinas, acebos, thuyas, hebes, etc., y las ramas y cortezas de algunos árboles. Creo que, de alguna manera, la función de la jardinería es mejorar la naturaleza, y en estos últimos días del otoño el espectáculo de color de este pequeño jardín de la Barrosa se acerca bastante al objetivo deseado. Tal vez para algunos sea demasiado artificial en comparación con el paisaje natural, pero también los artistas utilizan “artificios” para lograr armonía y ritmo. Hace unos día leía en el blog inglés “ThinkinGarden” (está en mi lista de blogs favoritos en esta página) una discusión sobre el propósito de la jardinería. Presentaba dos modelos o formas de pensar: por una parte están aquellos que ven el jardín como “una obra de arte similar a la pintura o la escritura”· y por otra, aquellos para los cuales “el jardín es una colección botánica para el aprendizaje, uno de cuyos objetivos primordiales es la propagación y conservación de especies”. No sabría con cual quedarme ya que yo intento hacer un poco las dos cosas. Espero que os gusten estas fotos.

La  "Lagestroemia indica" tiene una buena coloración otoñal.


 Un níspero europeo ("mespilus germánica") con sus frutos de color ocre y su preciosa coloración otoñal.

"Berberis thumbergui".

Nandina doméstica "Fierpower" a punto de convertir sus flores en bayas rojas.
Spiraea y Hebe franciscana en flor.

Algunos de mis "arbolitos pequeños". En primer término una haya.



Tres hayas ("fagus sylvatica") recortadas.


Haya de tronco doble.

"Spiraea japónica"


Acebos, Aucubas, Nandinas, etc.


Un arce "Sango kaku" de corteza carmín en medio de otros arbustos.


Parterre con Weigelas, Berberis, Chrisantemun, etc.


Berberis thumbergii "Sunjoy gold"


Spiraeas, Cornus, Lagestroemia, etc.


Spiraeas, berberis y arce.











El abedul tiene una buena coloración otoñal además de su corteza blanca.


El arbusto de hojas amarillas es una "Parrotia pérsica". Más tarde las hojas se vuelven rojizas o malvas.


Parterre mixto.


Los "Bérberis" en forma de bola crean buenos contrastes todo el año.


Todavía aguantan las Cannas y Salvias.


Los acebos variegados lucen ahora en su mejor momento.



El "Viburnum opulus" también tiene una buena coloración otoñal.


Un último rayo de sol iluminando algunos arbustos.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Ladakh, India 1992: el pequeño Tibet.

Subida al monasterio de Thikse.

Hace ya bastante tiempo de aquél viaje, y sin embargo guardo de aquél lugar un recuerdo intenso y prístino. Un lugar de una belleza asombrosa y fría. Totalmente ajeno al espacio y al tiempo de nuestro mundo occidental y de nuestra forma de vida. Ladakh, en 1992, era como un viaje al pasado, al mundo en blanco y negro de los libros de aventuras y viajes de la biblioteca del colegio. Y era real: los monasterios de las colinas, las montañas nevadas, los bailes de máscaras, las estancias oscuras y los pasadizos de los templos donde al fondo brillaba el oro de las imágenes envueltas en el ambiente irrespirable de las llamas de los pebeteros…

Todo el mundo dice que la India no es un país para corazones frágiles, al menos entonces. La
Carretera Srinagar-Leh. Horas parados por un derrabe.
miseria, el calor, el hedor del ambiente o la enorme presión de las multitudes acaban con tu paciencia y tu ánimo. En aquél largo viaje de 1992 hubo casi de todo. Regresé con 10 kilos de menos y prometí no volver a la India nunca más (si he vuelto, hace dos años, pero eso es otra historia). Y sin embargo Laddakh permanece en la memoria como uno de los pocos lugares amables y luminosos de aquel duro viaje de iniciación.
Llegué a Ladakh por casualidad. Un par de semanas antes había dado con mis huesos en Srinagar, la capital de Cachemira, a la que había llegado sin enterarme que había una guerra real y toque de queda durante la noche. Con la ayuda de un guía de viajes coreano, Rambo Cho, conseguimos salir de  Srinagar en un  destartalado autobús rumbo a Leh, la capital de Ladakh, a donde llegamos dos días después, tras un viaje épico a través de las montañas. Leh era como una ciudad de cuento, de casas de barro y huertos verdes, con las montañas 
Máscara en uno de los templos de Ladakh.
cubiertas de nieve al fondo. En la colina, el gigantesco palacio del antiguo rey de Ladakh, se caía a pedazos. Un río de agua helada atravesaba el valle y, en las cimas de las montañas, se asentaban los monasterios y templos de los monjes que veíamos en el mercado. La gente era amable y sonreían tibiamente con sus caras coloradas por el frío. Apenas había un turismo incipiente, ya que aún no se había construido el aeropuerto, y llegar allí era una auténtica aventura. Rambo consiguió un par de habitaciones en una casa privada de una familia noble y durante quince días caminamos por las montañas, asistimos a las ceremonias de los templos y vivimos la vida sencilla de un pueblo que aún vivía al margen de la historia y de la vorágine del resto de la India.
Viaje de Cachemira a Ladakh a través de las montañas. Una auténtica aventura solo para iniciados.

Nuestro autobús en la frontera con Ladakh.
Ladakh fue un reino independiente durante una docena de siglos. De influencia y cultura tibetana, prosperó gracias al comercio con el Tibet y con China además de formar parte de la ruta de la seda. Por aquí pasó Marco Polo hacía 500 años. Ladakh resistió los ataques de la invasión musulmana del sur de la India y los intentos de islamización del país durante años. En el siglo XVII fue invadido por el Tíbet y poco después liberado con la ayuda del sultán de Cachemira quién obligo a la familia real a convertirse al islam, aunque eso no impidió que la cultura siguiera siendo predominantemente budista. Desde esa fecha sobrevivió a la sombra de Cachemira, hasta la colonización inglesa. Tras la partición de la India dudó entre incorporarse a la India o a Paquistán y hoy forma parte de los territorios reclamados por esta nación. Desde mi viaje y, por lo que he leído, Ladakh ha cambiado mucho. Se ha construido un aeropuerto y es parte habitual de los circuitos turísticos a la India. Hay hoteles de cinco estrellas. Se han restaurado palacios y monasterios y el “trekking” en las montañas es la última moda. Es el cambio inevitable que trae la globalización y el turismo. Me pregunto cuál habrá sido el destino de aquella familia que nos alimentó y nos mimó durante quince días. Aquí quedan unas pocas fotos para el recuerdo.

Valle de Leh, con las montañas nevadas el fondo.

Puerta de entrada al recinto del palacio de Leh.


Colina del palacio y la ciudad de Leh.



 
Foto actual del palacio reconstruido del rey de Laddakh tomada de Internet.
En esta bonita casa tibetana nos alojamos quince días.

La dueña de la casa en su cocina.
 
Mi amigo Rambo Cho, vestido de monje, y yo en la azotea de la casa.
 

A la gente le encanta que les hagan fotos, cosa que no ocurre en otras partes de India. Niños junto al lago.
 
Grupo familiar vestidos para una boda.


Dos mujeres jóvenes camino de una boda.
 
El gran monasterio de Thikse construido hace más de 600 años. La estructura recuerda los monasterios tibetanos.
 


Este monasterio alberga uno 60 monjes y una docena de templos.
Famosa estatua de buda del monasterio de Thikse.


 


Foto reciente de este monasterio de Thikse algo más restaurado.

 

Una par de días alquilamos un land rover con chofer y un guía. El paisaje es extremadamente árido, excepto en las zonas donde lo riega el río.



Casi todo Ladakh está a una altura entre 3.500 y 6.000 metros de las montañas más altas.


En el monasterio de Hemis.


Monasterio de Hemis, uno de los más ricos donde fuimos a ver su famoso festival de verano.





Festival del monasterio de Hemis.


 
Baile de los demonios.




Lamas del monasterio en traje de ceremonia.


Niño monje. Monasterio de Hemis.


Monasterio de Shey
 





En la terraza de uno de los monasterios como un turista cualquiera.


Pastor de cabras de Cachemira. Producen la lana más suave y valiosa del mundo.



Contraste entre la sequedad de las montañas y el fértil valle regado por multitud de canales.



Viaje de regreso en dirección sur, hacia Manali. En pleno agosto la nieve aún en las laderas.

 

Campamento improvisado en medio de la nada, donde se duerme para continuar el viaje al día siguiente.